Capítulo II – Donde un salón se convirtió en un hogar
Primera generación del Programa Permanente de Formación Fotográfica Gravital
Generación 2019–2022
Periodo histórico: 2019–2022
“Hay lugares que existen desde el día en que fueron construidos. Otros comienzan a existir el día en que las personas les dan un nombre. Este laboratorio pertenece a la segunda historia.”
Después del Club de Fotografía desarrollado durante el ciclo 2018–2019 quedó claro que el proyecto tenía futuro.
Aquella primera experiencia había demostrado que todavía era posible despertar en los estudiantes el interés por la fotografía química, el laboratorio y los procesos históricos de la imagen.
Lo que comenzó como un pequeño club se transformó en un proyecto permanente.
Así nació la primera generación del Programa Permanente de Formación Fotográfica Gravital.
Sin saberlo, esta generación no solo continuaría una historia.
También escribiría uno de sus capítulos más importantes.
Un laboratorio que comenzaba a crecer
El laboratorio seguía siendo pequeño.
Los recursos continuaban siendo limitados.
En aquellos años solamente se contaba con dos ampliadoras para trabajar con todo el grupo: la primera ROWI 35 y, posteriormente, la incorporación de una Durst M600, que amplió las posibilidades del laboratorio y permitió que más alumnos pudieran experimentar con la impresión fotográfica de manera simultanea en el laboratorio.
Cada práctica representaba un reto.
Había que organizar tiempos, compartir equipo y aprovechar al máximo cada herramienta disponible.
Lejos de convertirse en una limitación, aquellas carencias fortalecieron el trabajo en equipo.
Cada estudiante entendía que el laboratorio pertenecía a todos.
El día que nació el Salón de las Almas Torturadas bajo la Luz Roja
Ninguno de nosotros imaginaba que el laboratorio terminaría teniendo un nombre que años después sería conocido por generaciones enteras.
Todo comenzó durante una temporada de exámenes.
Entre bromas, yo acostumbraba llamar a las evaluaciones mis “instrumentos de tortura”.
Los alumnos respondían diciendo que sus almas no descansarían hasta terminar los exámenes.
Entre risas, comentarios y ocurrencias de unos y otros, alguien añadió la referencia a la luz roja del cuarto oscuro.
Poco a poco, las palabras comenzaron a unirse.
Hasta que apareció un nombre que hizo sonreír a todo el grupo.
Salón de las Almas Torturadas bajo la Luz Roja.
Lo que comenzó como una broma terminó convirtiéndose en la identidad del laboratorio.
La primera vez que aquel nombre fue escrito quedó plasmado en una sencilla hoja de cuaderno, documento que hoy forma parte del Archivo Histórico.

Los mismos alumnos pidieron autorización a la dirección de la escuela para colocar una placa permanente en la entrada del laboratorio.
Cuando llegó la respuesta afirmativa, los alumnos corrieron a darme la noticia.
La emoción era evidente.
Yo mismo diseñé y grabé la placa utilizando grabado láser.
El día de su instalación, toda la generación estuvo presente.
Antes de colocar la placa en su lugar definitivo, cada integrante de esta generación decidió dejar en ella una pequeña parte de sí. Fue un gesto sencillo, casi silencioso, del que únicamente fueron testigos quienes estuvieron presentes aquel día.
Después, entre todos, la instalamos en la entrada del laboratorio.
No hubo ceremonia.
No hicieron falta discursos.

Como era de esperarse en un grupo de fotógrafos, lo primero que hicimos fue tomar una fotografía frente a ella.
Con el paso de los años, esa placa se ha convertido en uno de los símbolos más representativos de la escuela y del laboratorio.
Cientos de fotografías han sido tomadas frente a ella.
Muy pocas personas saben que, detrás de esa madera, permanece un pequeño secreto que esta generación decidió dejar para el futuro.
Aprender incluso en tiempos de pandemia
Poco tiempo después llegó uno de los mayores desafíos que enfrentó la educación.
La pandemia obligó a suspender las clases presenciales.
Muchos talleres prácticos desaparecieron temporalmente.
Nosotros decidimos buscar otra solución.
Con el apoyo de los padres de familia y de los propios alumnos, preparamos pequeños recipientes herméticamente sellados con revelador y fijador fotográfico.
Las hojas de papel fueron cuidadosamente protegidas utilizando bolsas negras de papel fotográfico.
Cada estudiante recibió un pequeño laboratorio en casa, llevaron hasta sus hogares una sucursal del Salón de las Almas Torturadas bajo la Luz Roja.
Desde la distancia continuamos experimentando.
Los quimigramas permitieron que la fotografía química siguiera formando parte del aprendizaje incluso cuando el laboratorio permanecía cerrado.
La pandemia cambió el lugar donde aprendíamos.
Pero nunca detuvo nuestras ganas de aprender.
Una generación que nunca dejó de preguntar
Si algo caracterizó a esta generación fue su enorme curiosidad.
No se conformaban con reproducir una técnica.
Querían entender por qué funcionaba.
Investigaban.
Experimentaban.
Cometían errores.
Volvían a intentarlo.
Y, finalmente, encontraban la solución.
Aquella actitud también me transformó como profesor.
Me obligó a estudiar más.
A investigar más.
A preparar mejores clases.
Cada pregunta representaba un nuevo reto.
Ellos querían aprender.
Y yo tenía la responsabilidad de ofrecerles siempre una respuesta o, cuando no la tenía, salir a buscarla junto con ellos.
Ese crecimiento fue mutuo.
Con el paso del tiempo, ese aprendizaje comenzó a reflejarse incluso fuera del laboratorio.
Bastaba observar las fotografías que compartían en sus propias redes sociales para descubrir una diferencia evidente en la forma de mirar, componer y contar historias mediante la imagen.
Un puente entre España y nuestro laboratorio

Uno de los acontecimientos más significativos que vivió esta generación fue la visita del maestro Francisco Montoro, cineasta y productor procedente de España.
Su presencia representó un momento muy especial para el proyecto. Durante la mañana ofreció una conferencia dirigida a los alumnos de la escuela, compartiendo su experiencia y su visión sobre la fotografía como una forma de expresión, memoria y comunicación.
Para anunciar aquella conferencia, los propios alumnos del Programa Permanente de Formación Fotográfica elaboraron completamente a mano un cartel que fue colocado en la escuela. Hoy ese cartel, junto con las fotografías de aquella visita, forma parte del patrimonio documental del Archivo Histórico.




Pero la experiencia no terminó al concluir la conferencia.
Por la tarde, el maestro Montoro visitó el laboratorio. En esta ocasión fueron los propios alumnos quienes asumieron el papel de anfitriones. Le mostraron el funcionamiento del cuarto oscuro, las ampliadoras, los procesos de revelado e impresión y compartieron con él los conocimientos que habían adquirido durante su formación.




Fue un momento profundamente simbólico.
Aquellos jóvenes que apenas unos años antes habían descubierto la fotografía química ahora eran capaces de explicar sus procesos, compartir su experiencia y representar dignamente el trabajo realizado dentro del laboratorio.
Más que una simple visita, aquel encuentro confirmó que el proyecto comenzaba a establecer vínculos con fotógrafos de otros lugares y que el trabajo desarrollado dentro del laboratorio trascendía poco a poco los límites de la escuela.

El día que me pidieron ser su padrino
Una mañana, antes de comenzar la clase, ocurrió algo inusual.
El grupo estaba completamente en silencio.
Un silencio extraño.
Esperé unos segundos.
Nadie decía una palabra.
Hasta que, casi al mismo tiempo, todos comenzaron a hablar.
Entre risas y nervios solamente entendí una frase.
“No puede negarse.”
Querían que fuera su padrino de generación.
Fue la primera vez que un grupo me hacía una petición así.
Acepté de inmediato.
Aquella confianza significó mucho más que cualquier reconocimiento profesional.
No me eligieron esperando un regalo costoso.
Simplemente querían que quien los había acompañado durante aquellos años siguiera formando parte de uno de los momentos más importantes de su vida escolar.
Después pensé que también debía dejarles un recuerdo.
No quería regalar cualquier objeto.
Tenía que ser algo relacionado con el laboratorio.
Así nacieron las primeras playeras del proyecto.
El legado de una generación
Cada generación deja algo para quienes llegan después.
Algunas construyen herramientas.
Otras desarrollan proyectos.
Otras transforman la manera de enseñar.
La generación 2019–2022 hizo algo diferente.
Le dio un nombre al laboratorio.
Lo convirtió en un lugar con identidad propia.
Demostró que incluso una pandemia no podía detener el aprendizaje cuando existía una comunidad comprometida con compartir el conocimiento.
Y recordó algo que continúa ocurriendo hasta nuestros días.
Que el instante más esperado dentro del laboratorio nunca ha sido el disparo de una cámara.
Siempre ha sido el momento en que, bajo una tenue luz roja, una hoja de papel blanco comienza lentamente a revelar una imagen.
Porque es ahí donde muchos descubren, por primera vez, que la fotografía también puede sentirse como magia.
Integrantes de la generación
- Alejandra Avelar Caro
- Arianna Lucía Juárez Jacobo
- Gonzalo Morán Rodríguez
- Jaqueline Guadalupe Hernández Méndez
- Ramón Vidaurri Retes
- Montserrat Vázquez Mora
- Renata Acosta Aguilera
- Romina Ibarra Aguilera
- Ruth Anahí Martínez Romero
Galería histórica









Documento audiovisual
(PENDIENTE)
Archivo Histórico
Esta publicación forma parte del Archivo Histórico del Salón de las Almas Torturadas bajo la Luz Roja, un proyecto documental de Gravital dedicado a preservar la memoria de las personas, los espacios y las historias que han dado vida a este laboratorio.