La luz que otros me prestaron
Antes de comenzar el recorrido por el Archivo Histórico, existe una historia que merece ser contada.
Este texto no habla únicamente del origen de Gravital, sino de las personas que hicieron posible su existencia.
“El conocimiento que no se comparte termina desapareciendo.”
Nadie aprende solo.
Detrás de cada fotógrafo existe alguien que le enseñó a observar la luz, a comprender el tiempo, a esperar el instante preciso o, simplemente, a creer que era capaz de crear una imagen.
Este proyecto tampoco nació de una sola persona.
Es el resultado de una cadena de conocimientos que ha pasado de generación en generación durante muchos años.
Antes de existir Gravital, antes del Club de Fotografía, antes del Programa Permanente de Formación Fotográfica y mucho antes del Salón de las Almas Torturadas bajo la Luz Roja, hubo personas que compartieron conmigo aquello que más tarde tendría la oportunidad de transmitir a otros.
Todo comenzó cuando era un niño.
Aproximadamente a los cinco años acompañaba a mi tío, fotógrafo de profesión, a diferentes trabajos. En aquellos días mi función era sencilla: ayudar a cargar el equipo, sostener los tripiés cuando era necesario y, en muchas ocasiones, convertirme en el modelo de prueba para comprobar la iluminación o el encuadre antes de realizar una sesión.
Sin darme cuenta, estaba descubriendo un mundo que terminaría acompañándome durante toda la vida.
Poco tiempo después, durante la educación primaria, recibí como regalo de Reyes Magos la cámara que marcaría el inicio de mi formación fotográfica: una Asahi Pentax K1000.
Con ella comencé a fotografiar festivales escolares, ceremonias, graduaciones y cualquier momento que mereciera conservarse.
Las fotografías eran reveladas e impresas en el laboratorio de mi tío y, con la ilusión propia de un niño, después las ofrecía a quienes aparecían en ellas.
Más que obtener un ingreso, aquello despertó en mí una pasión que nunca volvería a desaparecer.
Mientras muchos niños jugaban después de clases, yo pasaba parte de mi tiempo dentro de un cuarto oscuro.
Allí aprendí a preparar químicos, realizar impresiones por contacto y descubrir uno de los momentos más fascinantes de la fotografía: observar cómo una imagen aparece lentamente sobre el papel bajo la luz roja del revelador.
Ese laboratorio se convirtió en mi primera escuela.
Durante la secundaria llegó una nueva oportunidad.
Mi tío comenzó a dedicarse también al video social y ya no podía realizar ambas actividades al mismo tiempo.
Entonces me correspondió hacer las fotografías de bodas y eventos sociales.
A una edad en la que muchos apenas descubren una afición, yo ya tenía la responsabilidad de documentar algunos de los momentos más importantes en la vida de otras personas.
Con el paso de los años continué aprendiendo.
Trabajé en laboratorios fotográficos de impresión a color, conocí la transición hacia la fotografía digital y desarrollé mi actividad profesional principalmente en fotografía social y producción de video.
Sin embargo, nunca dejé atrás la fotografía química.
Mientras la tecnología avanzaba y muchos laboratorios desaparecían, seguía convencido de que aquellos procesos tradicionales representaban una parte invaluable de la historia de la fotografía.
A lo largo de ese camino tuve la fortuna de aprender de grandes personas.
Mi tío fue quien abrió por primera vez la puerta de este oficio.
Después llegaron maestros que dejaron una profunda huella en mi formación, entre ellos Rubén Vallejo Coronel, Manuel Aréchiga Almaguer, Elena Terán, Ignacio Cariño Herrera y muchos otros fotógrafos que compartieron generosamente sus conocimientos durante los Seminarios Infantiles y las Convenciones de la Sociedad Mexicana de Fotógrafos Profesionales.
A ellos se suman numerosos colegas con quienes, durante años, compartimos una misma filosofía.
Nos reuníamos periódicamente sin cobrar un solo peso.
Quien dominaba un tema lo enseñaba a los demás.
Después convivíamos alrededor de una comida, intercambiábamos experiencias y regresábamos a casa con nuevos aprendizajes.
Todos enseñábamos.
Todos aprendíamos.
Mucho antes de que existiera Gravital, esa forma de compartir conocimiento ya formaba parte de mi manera de entender la fotografía.
En el año 2000 tuve la oportunidad de impartir mi primer tema como expositor dentro de los Seminarios Infantiles de Fotografía.
Fue la primera ocasión en que experimenté la enorme satisfacción de enseñar aquello que había aprendido.
Con el tiempo comprendí que compartir conocimiento produce una satisfacción distinta a cualquier reconocimiento profesional.
Años después, en 2018, llegó la invitación para participar en la Escuela Secundaria Particular Esther Lares Mora.
Algunas personas me preguntaron por qué aceptaba enseñar fotografía si, de alguna manera, estaba formando a quienes algún día podrían convertirse en mi competencia.
Mi respuesta siempre fue la misma.
Nunca vi el conocimiento como algo que debiera guardarse.
Siempre creí que compartirlo era la única forma de hacerlo trascender.
No acepté aquel proyecto por una recompensa económica.
Lo acepté porque recordaba lo difícil que había sido acceder a este conocimiento cuando yo era niño.
Quería que las nuevas generaciones encontraran oportunidades que para muchos de nosotros no existieron.
Quería demostrar que la fotografía podía unir el arte, la ciencia, la historia y la creatividad.
Y, sobre todo, quería evitar que la fotografía química desapareciera con el paso del tiempo.
Aquella decisión dio origen al Club de Fotografía.
Sin saberlo, también dio origen a una comunidad que continúa creciendo hasta nuestros días.
Cada alumno, cada generación y cada proyecto forman ahora parte de una historia mucho más grande de lo que alguna vez imaginé.
Pero esta historia no me pertenece únicamente a mí.
Pertenece también a todos aquellos maestros que compartieron conmigo su experiencia.
A los alumnos que aceptaron aprender algo que parecía olvidado.
A quienes han colaborado con equipos, ideas y tiempo.
Y a todas las personas que creen que el conocimiento adquiere su verdadero valor cuando pasa de unas manos a otras.
Por eso, más que hablar de mi historia, prefiero pensar que esta es la historia de una luz que muchas personas me prestaron para que, algún día, pudiera compartirla con alguien más.
Porque, al final, las fotografías permanecen.
Los equipos envejecen.
Las generaciones cambian.
Pero el conocimiento que se comparte tiene la capacidad de seguir iluminando el camino de quienes todavía están por llegar.